El fantasma del desarrollo

2014. Libro Desarrollo, Postcrecimiento y Buen vivir. Debates e interrogantes de Koldo Unceta
auspiciado por la Fundación Rosa Luxemburgo. Título del prólogo: El fantasma del desarrollo.


 
 
Sabemos que, desde mediados del siglo XX un fantasma recorre el mundo… ese fantasma es el desarrollo. Ese espectro, sin lugar a dudas, ha sido y es una de las propuestas que más ha movilizado a la Humanidad. El mandato global del desarrollo, para ponerle simplemente una fecha que nos oriente, se institucionalizó el 20 de enero de 1949. Entonces, el presidente de los Estados Unidos, Harry Truman, en el discurso inaugural de su segundo mandato ante el Congreso, definió a la mayor parte del mundo como áreas subdesarrolladas. En pocas palabras, Truman planteó un mandato ideológico rotundo: el desarrollo, como meta a alcanzar para ese resto enorme del mundo; y presentó al estilo de vida norteamericano, cargado de muchos valores europeos, como el fin a emular. En definitiva, quedó sentado que el mundo desarrollado no existiría sin su opuesto; esto sería una condición.“Dentro del capitalismo no hay solución para la vida; fuera del capitalismo hay incertidumbre, pero todo es posibilidad. Nada puede ser peor que la certeza de la extinción. Es momento de inventar, es momento de ser libres, es momento de vivir bien.” 
Ana Esther Ceceña

Sabemos que, desde mediados del siglo XX un fantasma recorre el mundo… ese fantasma es el desarrollo. Ese espectro, sin lugar a dudas, ha sido y es una de las propuestas que más ha movilizado a la Humanidad.

El mandato global del desarrollo, para ponerle simplemente una fecha que nos oriente, se institucionalizó el 20 de enero de 1949. Entonces, el presidente de los Estados Unidos, Harry Truman, en el discurso inaugural de su segundo mandato ante el Congreso, definió a la mayor parte del mundo como áreas subdesarrolladas. En pocas palabras, Truman planteó un mandato ideológico rotundo: el desarrollo, como meta a alcanzar para ese resto enorme del mundo; y presentó al estilo de vida norteamericano, cargado de muchos valores europeos, como el fin a emular. En definitiva, quedó sentado que el mundo desarrollado no existiría sin su opuesto; esto sería una condición.

Esa idea de bienestar, por cierto, ha estado presente desde mucho antes en la historia de la Humanidad. Es parte de otra concepción doctrinaria, como el progreso, que sintetiza una visión de mundo caracterizada por la dualidad dominante-dominado, como lo asumirá de facto también el desarrollo.

Antes de continuar en este apretado recorrido para adentrarnos en el libro de Koldo Unceta, resulta oportuno reproducir las expresiones de este autor, cuando se refiere a los orígenes del desarrollo:

Cuando Adam Smith escribió La Riqueza de las Naciones, quedó de alguna forma “inaugurado” el debate sobre el desarrollo que ha llegado hasta nuestros días. Con anterioridad, otros pensadores –desde Kautilya en la antigua India, hasta Aristóteles en la Grecia clásica, o San Agustín en la Europa medieval–, habían teorizado sobre la oportunidad o no de determinadas acciones o decisiones, a fin de lograr una mayor prosperidad para ciudades, países y reinos, y para sus habitantes. Pero no sería sino hasta el siglo XVIII cuando, de la mano del pensamiento ilustrado, comenzaría a abrirse camino una perspectiva racional y universalista sobre estas cuestiones.

Así, después de la Segunda Guerra Mundial, cuando arrancaba la Guerra Fría, en medio del surgimiento de la amenaza y del terror nuclear, el discurso sobre “el desarrollo” se estableció (¡y se consolidó!) una estructura de dominación dicotómica: subdesarrollado-desarrollado, pobre-rico, avanzado-atrasado, civilizado-salvaje, centro-periferia… Este enfoque, por cierto, dejó sentadas las bases conceptuales de otra forma de imperialismo: el mismo desarrollo.

Unos y otros, derechas e izquierdas, estableciendo las diversas especificidades y diferencias, asumieron el reto de alcanzar el desarrollo. Alrededor del desarrollo, en plena Guerra Fría, giró el enfrentamiento entre capitalismo y comunismo. En este contexto, se inventó el Tercer Mundo, y sus miembros fueron instrumentalizados cual peones en el ajedrez de la geopolítica internacional.

Para completar, los países empobrecidos, en un acto de generalizada subordinación y sumisión, aceptaron ese estado de cosas y la noción de subdesarrollo, como recuerda Unceta; pero, cabría añadir, siempre que se les considere países en desarrollo o en vías de desarrollo. En el mundillo diplomático y de los organismos internacionales, no es común hablar de países subdesarrollados, menos aún se acepta que son países periferizados, inclusive por la misma búsqueda del desarrollo. Pero bien sabemos que muchas veces se trató de un proceso de “desarrollo del subdesarrollo”, tal como anotó con extrema lucidez André Gunder Frank (1966), economista y sociólogo alemán, y uno de los mayores pensadores de la teoría de la dependencia en los años sesenta.

Así las cosas, incluso desde posiciones críticas se asumió como indiscutible la dualidad desarrollado-subdesarrollado. Desde la vertiente contestataria, que enarboló la bandera del comunismo, es decir, el anticapitalismo, afloraron también diversos ideales de vida desarrollada a ser imitados. Recordemos cómo la Unión Soviética o China se convirtieron en las mecas de lo que debería ser el desarrollo socialista.

En nombre del desarrollo, en ningún momento los países centrales o desarrollados, es decir nuestros referentes, renunciaron a diversos operativos de intervención e interferencia en los asuntos internos de los países denominados subdesarrollados. Por ejemplo, registramos recurrentes intervenciones económicas a través del FMI y del Banco Mundial, e inclusive acciones militares para impulsar el desarrollo de los países atrasados, y protegerles de la influencia de alguna de las potencias rivales. No faltaron intervenciones que supuestamente buscaban resguardar o introducir la democracia, como base política para el ansiado desarrollo.

Desde entonces, en todo el planeta, las comunidades y las sociedades fueron –y continúan siendo– reordenadas para adaptarse al desarrollo. Este se transformó en el destino común de la Humanidad y en una obligación innegociable.

Koldo Unceta Satrústegui, profesor en la Universidad del País Vasco, nos invita, con su libro, a revisar este proceso. Para ello, despliega sus profundos conocimientos sobre la materia, en un esfuerzo que se destaca por su precisión y claridad. Luego de una revisión crítica de la evolución del concepto de desarrollo, el autor describe los elementos básicos del debate que, en años recientes, con sobra de razones, plantean la necesidad de construir no solo alternativas de desarrollo, sino, sobre todo, alternativas al desarrollo.

Del desarrollo al maldesarrollo

Repasemos brevemente esta evolución. Koldo Unceta puntualiza muy pronto, en su texto, que hubo críticas que emergieron poco después de iniciada la alocada carrera detrás de este concepto. La metáfora del desarrollo, tomada de la vida natural, fue desvinculada totalmente de la realidad al conectarse con el crecimiento económico, que se transformó casi en su sinónimo. En la actualidad, aunque es ampliamente aceptado que el crecimiento económico no puede ser una analogía de desarrollo, los gobiernos y las organizaciones de todos los colores todavía despliegan sus discursos directa o indirectamente alrededor de dicho crecimiento. Es una suerte de fetiche irrefutable, aunque se lo critique.

Recuérdese que, también, para quienes tachaban el desarrollo capitalista, por ejemplo, los estructuralistas y dependentistas, el crecimiento jugaba un papel preponderante. Unceta nos recuerda que:

Todos ellos subrayaron las dificultades o la imposibilidad para avanzar por el camino recorrido por los países llamados desarrollados, pero no cuestionaron que el crecimiento económico –acompañado, eso sí, de ciertos cambios estructurales– fuese la principal y casi única herramienta para salir del llamado subdesarrollo.

Además, se asumió como indiscutible la necesidad de enfrentar el reto del desarrollo como una sumatoria de datos nacionales agregados: si el país crece y prospera, entonces los individuos experimentan mejoras en su bienestar. Esto se complicó aún más con la aceptación de indicadores gruesos y para nada transparentes, como el PIB, que orientaron los planes de desarrollo y las evaluaciones de las políticas aplicadas. La misma aceptación de subdesarrollo, nos refiere Unceta, se transforma en la contracara de un (inalcanzable) desarrollo; fenómeno que deja sin sustento, desde el inicio, a la búsqueda del desarrollo. Incluso el concepto de bienestar resulta cuestionable, como explica Unceta en este libro.

El autor nos dice que si el crecimiento económico asumió, desde los inicios del debate sobre el desarrollo, el papel de objetivo prácticamente indiscutible, su complemento fue el logro de los equilibrios macroeconómicos, a partir de los años ochenta. La búsqueda casi desesperada de estos macroequilibrios, al calor de las políticas de ajuste inspiradas en el Consenso de Washington, se ha mantenido hasta nuestros días. Así, según Unceta,

la corrección de los desequilibrios macroeconómicos constituyó el principal y casi único tema de atención, dando por supuesto que la superación de los mismos restauraría el crecimiento que, a fin de cuentas, representaba el único objetivo a perseguir.

Estas constataciones de Unceta, desde la lógica del reduccionismo economicista dominante, conducen a otra afirmación contundente, que ayuda a explicar los sucesivos fracasos casi programados:

En el fondo, la historia de los últimos años ha venido a poner de manifiesto las limitaciones de intentar enfrentar los retos del desarrollo planteados en el siglo XXI con las mismas herramientas metodológicas con las que se contaba en el siglo XIX.

Koldo Unceta reconoce la influencia ideológica de quienes se reclaman como posdesarrollistas, pero no necesariamente concuerda con ellos. Unceta tiene una posición más matizada, ya que considera importante recuperar muchas aportaciones de gran interés, realizadas por autores que todavía están dentro del mundo del desarrollo, como Amartya Sen, por ejemplo. Unceta tampoco comparte la visión cuasi conspirativa de algunos sectores posdesarrollistas sobre el desarrollo. De todas formas, él nos dice que

[la] economía del desarrollo no es otra cosa que una construcción intelectual destinada a justificar y promover la expansión de un modelo y unos valores –los occidentales– como necesario revulsivo para superar el supuesto atraso de sociedades caracterizadas por otras referencias culturales y otras formas de organización social y de relación con la naturaleza.

En lugar de abordar el problema de raíz, cuando los problemas comenzaron a minar nuestra fe en “el desarrollo” y la gran teoría del desarrollo hizo agua por los cuatro costados, buscamos apenas alternativas de desarrollo. Como escribe Koldo Unceta, había que dar respuesta a la pobreza e inequidad, al progresivo deterioro ambiental y de los recursos naturales, a las demandas por equidad de género, a la restricción de la libertad y los derechos humanos, sobre todo. Pero no se cuestionó el tema de fondo, el mismo desarrollo.

En esta alocada carrera, como para no quedarse al margen del debate, se puso apellidos al desarrollo (Aníbal Quijano, 2000), para diferenciarlo de lo que nos incomodaba. Pero seguimos en la misma senda: desarrollo económico, desarrollo social, desarrollo local, desarrollo global, desarrollo rural, desarrollo sostenible o sustentable, ecodesarrollo, etnodesarrollo, desarrollo a escala humana, desarrollo local, desarrollo endógeno, desarrollo con equidad de género, codesarrollo, desarrollo transformador… desarrollo, al fin y al cabo. Así, a la postre, como dice este autor vasco, este “refinamiento de la teoría, ha acabado por convertirse en un ejercicio meramente abstracto sin repercusiones prácticas”.

Más adelante, y esto es lo que más nos interesa en esta ocasión, se cayó en cuenta de que el tema no es simplemente aceptar una u otra senda hacia el desarrollo. Los caminos hacia el desarrollo no son el problema mayor. La dificultad radica en el concepto, es decir, no en las estrategias seguidas. Unceta trata de explicar lo que plantean algunos autores posdesarrollistas, con una referencia expresa a Latouche y a su crítica de la noción de desarrollo. Pero también coincide en que el problema se ubica “en la propia raíz –la defensa de la modernidad– de un concepto cuya aplicación no podía tener otro resultado”: ¡el fracaso!

El desarrollo, en tanto propuesta global y unificadora, desconoce de manera implacable los sueños y luchas de los otros pueblos. Esta negación violenta de lo propio fue muchas veces producto de la acción directa o indirecta de las naciones consideradas como desarrolladas; recordemos, a modo de ejemplo, la acción destructora de la colonización o de las mismas políticas fondomonetaristas.

Además, ahora sabemos que el desarrollo, en tanto reedición de los estilos de vida de los países centrales, resulta irrepetible a nivel global. Dicho estilo de vida consumista y depredador está poniendo en riesgo el equilibrio ecológico global, y margina cada vez más masas de seres humanos de las (supuestas) ventajas del ansiado desarrollo. Inclusive en los países considerados como desarrollados, el crecimiento económico logrado se sigue concentrando aceleradamente en pocas manos y tampoco se traduce en una mejoría del bienestar de la gente.

A pesar de los indiscutibles avances tecnológicos, ni siquiera el hambre ha sido erradicada del planeta. Téngase presente que no es un tema de falta de producción de alimentos. Estos existen. Pero el desperdicio de alimentos perfectamente comestibles es enorme. La perversidad de destinar cada vez más tierras para alimentar automóviles, los agrocombustibles, hace lo suyo. La destrucción de la biodiversidad y de las actividades agrícolas comunitarias para dar paso a los monocultivos complica la situación aceleradamente. Y la creciente especulación con los alimentos en el mercado mundial cierra este círculo perverso.

Así las cosas, a lo largo de estas últimas décadas, cuando casi todos los países del mundo no desarrollado han intentado seguir el camino trazado. ¿Cuántos lo han logrado? Muy pocos; eso, si aceptamos que lo que consiguieron es realmente “el desarrollo”.

Pero el asunto es aún más complejo. Se ha constatado que el mundo vive un mal desarrollo generalizado, que incluye a aquellos países considerados como desarrollados. José María Tortosa (2011), un brillante pensador valenciano, nos hace caer en cuenta que:

El funcionamiento del sistema mundial contemporáneo es “maldesarrollador” […] La razón es fácil de entender: es un sistema basado en la eficiencia que trata de maximizar los resultados, reducir costes y conseguir la acumulación incesante de capital. […] Si “todo vale”, el problema no es de quién ha jugado qué cuándo, sino que el problema son las mismas reglas del juego. En otras palabras, el sistema mundial está maldesarrollado por su propia lógica y es a esa lógica a donde hay que dirigir la atención.

Ahora, cuando crisis múltiples y sincronizadas ahogan al planeta, nos encontramos con que este fantasma ha provocado y sigue provocando funestas consecuencias. El desarrollo puede incluso no tener contenido, pero justifica los medios y hasta los fracasos. Todo se tolera en nombre de la salida del subdesarrollo y en nombre del progreso. Todo se santifica en nombre de una meta tan alta y prometedora: tenemos que, al menos, parecernos a los superiores y para lograrlo, cualquier sacrificio vale.

Por eso aceptamos la devastación ambiental y social a cambio de conseguir “el desarrollo”. Por el desarrollo, para citar un ejemplo, se acepta la grave destrucción social y ecológica que provoca la megaminería, a pesar de que esta ahonda la modalidad de acumulación extractivista heredada desde la colonia, y es una de las causas directas del subdesarrollo.

El saldo, como lo describe con precisión Koldo Unceta, es el maldesarrollo:

La idea de maldesarrollo vendría así a expresar un fracaso global, sistémico (Danecki), que afecta a unos y otros países y a la relación entre ellos. Se trata pues de un concepto que va más allá de la noción de subdesarrollo, a la que englobaría, para referir problemas que afectan al sistema en su conjunto y que representan una merma en la satisfacción de las necesidades humanas y/o en las oportunidades de la gente. En el momento presente, la consideración del maldesarrollo cobraría todo su sentido vinculando su análisis al de algunas de las principales fuerzas que operan en la globalización. El mismo afectaría al conjunto de la humanidad, aunque sus expresiones no siempre sean las mismas en unos y otros lugares.

Todos los esfuerzos por mantener con vida al “desarrollo” no dieron los frutos esperados. Es más, la confianza en el desarrollo, en tanto proceso planificado para superar el atraso, se resquebrajó en las décadas de los ochenta y los noventa. Esto contribuyó a abrir la puerta a las reformas de mercado de inspiración neoliberal, en las que, en estricto sentido, la búsqueda planificada y organizada del desarrollo de épocas anteriores debía ceder paso a las pretendidas todopoderosas fuerzas del mercado.

El neoliberalismo encontró pronto sus límites en América Latina, mucho antes de lo previsto por sus defensores. Su estruendoso fracaso económico en el Sur global agudizó los conflictos sociales y los problemas ambientales, y exacerbó las desigualdades y las frustraciones.

Varios países latinoamericanos comenzaron a transitar paulatinamente por una senda posneoliberal, en la que destaca el retorno del Estado en el manejo económico. Sin embargo, los cambios en marcha no son asimilables con un proceso posdesarrollista y poscapitalista. Tampoco son suficientes para dejar definitivamente atrás al neoliberalismo. Se mantiene la modalidad de acumulación extractiva de origen colonial, dominante durante toda la época republicana.

La búsqueda de alternativas al desarrollo y el Buen Vivir

En síntesis, el camino seguido desde aquellos años de la posguerra hasta ahora ha sido complejo. Los resultados obtenidos no resultaron satisfactorios. “El desarrollo”, en tanto proyección global, se descubrió como un fantasma detrás del cual hemos corrido y corren aún muchas organizaciones y personas.

Así las cosas (Unceta recogiendo el planteamiento de los posdesarrollistas), no habría espacio para redefinir y/o reconducir el desarrollo, ya que este representaría, intrínsecamente, una forma de entender la existencia humana basada en el productivismo, el dominio sobre la naturaleza, y la defensa de la modernización occidental, con su irremediable secuela de víctimas y de fracasos. En esta línea se sitúan autores diversos […] que, aunque con matices distintos, comparten el rechazo de la modernidad y la existencia de valores universales, a la vez que defienden la necesidad de un análisis postdesarrollista.

Cuando es evidente la inutilidad de seguir corriendo detrás del fantasma del desarrollo, emerge con fuerza la búsqueda de alternativas al desarrollo; es decir, de formas de organizar la vida fuera del desarrollo, que superen el desarrollo, en especial rechacen aquellos núcleos conceptuales de la idea de desarrollo convencional, entendido como la realización del concepto del progreso impuesto hace varios siglos. Esto necesariamente implica superar el capitalismo y sus lógicas de devastación social y ambiental. Nos abre la puerta hacia el posdesarrollo y, por cierto, al poscapitalismo. Aceptémoslo; para la mayoría de habitantes del planeta, el capitalismo no representa una promesa o sueño a realizar: es una pesadilla realizada.

Vaya que ha tomado tiempo empezar a decir “adiós a la difunta idea a fin de aclarar nuestras mentes para nuevos descubrimientos”, como afirmaba Wolfgang Sachs (1992) a inicios de los años noventa. Y a pesar de los problemas acumulados y de la inutilidad de la cruzada emprendida, sigue la desbocada carrera detrás del desarrollo…

En buen romance, aun cuando sabemos que el desarrollo es anticuado, su influencia nos pesará por largo rato. Asumámoslo, no como consuelo, que del desarrollo (como del capitalismo) escaparemos arrastrando muchas de sus taras, y que este será un camino largo y tortuoso, con avances y retrocesos, cuya duración y solidez dependerá de la acción política para asumir el reto.

Pero en este momento es fundamental tener presente que, en la matriz del propio capitalismo, están surgiendo las alternativas para superarlo. En su seno existen muchas experiencias y prácticas de Buen Vivir, que pueden transformarse en el germen para otra civilización. Y a esto también se refiere Koldo Unceta.

Hablar del Buen Vivir (sumak kawsay, suma qamaña, ubuntu, svadeshi, swaraj, aparigrama u otros conceptos más o menos similares en diversas partes del planeta), implica una tarea de reconstrucción desde las visiones indígenas, sin que esta aproximación sea excluyente y conformadora de visiones dogmáticas. Así, este debate necesariamente debe complementarse y ampliarse incorporando otros discursos y otras propuestas provenientes de diversas regiones del planeta, espiritualmente emparentadas en su lucha por una transformación civilizatoria, y que tienen sus orígenes en la vida comunitaria, así como en relaciones armoniosas con la Naturaleza.

Con una visión amplia y clarificadora, el autor inserta sus reflexiones sobre el Buen Vivir en el complejo contexto de la globalización, y busca, además, sintonizarse con las ideas y propuestas del decrecimiento (degrowth), que empiezan a multiplicarse en el Norte.

Este último punto es sumamente aleccionador. No solo se trata de analizar alternativas al desarrollo, sino de hacerlo tendiendo puentes con quienes, cargados de argumentos, proponen la necesaria superación de la religión del crecimiento económico. Unceta aborda esta cuestión desde diversas entradas. Mira al decrecimiento, primero, como un concepto “obús”; luego, lo disecciona desde la sustentabilidad, para concluir, en su último capítulo, con una serie de potentes y sugerentes reflexiones y propuestas de cómo se puede dar paso a otra economía para el decrecimiento y también para el Buen Vivir. Dos conceptos desde donde se pueden tirar puentes para la reflexión y la acción, pero que no son, por definición, idénticos.

Una pregunta final emerge con fuerza: ¿Será posible escaparnos del fantasma del desarrollo construyendo nuevas utopías que nos orienten? Esta es, a no dudarlo, la gran tarea. La recuperación y la construcción de utopías. La tarea, en realidad, se enmarca teniendo el poscapitalismo como horizonte. Y, para cristalizar este esfuerzo, resulta motivador este trabajo de Koldo Unceta, cuya lectura es indispensable tanto para quienes ya conocen a fondo estos temas, como para quienes recién se inician.

Berlín-Bonn, septiembre 2014

Bibliografía

Frank, André Gunder 1966 “El desarrollo del subdesarrollo”. El nuevo rostro del capitalismo, Monthly Review Selecciones en castellano, N° 4.

Quijano, Aníbal 2000 “El fantasma del desarrollo en América Latina”. En Acosta, Alberto (Comp.) El desarrollo en la globalización – El resto de América Latina. Nueva Sociedad e ILDIS, Caracas.

Sachs, Wolfgang (Ed.) 1996 Diccionario del desarrollo. Una guía del conocimiento como poder. Primera edición en inglés en 1992. PRATEC, Perú.

Tortosa, José María 2011 “Mal desarrollo y mal vivir – Pobreza y violencia escala mundial”. En Acosta, Alberto y Esperanza Martínez (Edits.). Serie Debate Constituyente. Abya-Yala, Quito, 2011.

Libro completo en PDF: Desarrollo, postcrecimiento y Buen Vivir. Debates e interrogantes